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Si ya se los envié disculpen por el spam, pero no quiero dejar de decir que una esperanza he comenzado a tener… aunque por ahora es una esperanza muy débil.

Creo que van a coincidir conmigo que Cuba fue maltratada por la Casa Blanca desde aquellos años sesenta. Y que no era necesario que transcurriera medio siglo para darse cuenta que algo se había hecho mal. Y de los dos lados las cosas caminaron para donde no debían. La negativa a dialogar fue cada vez más fuerte desde Washington y la reacción fue peor; Cuba se volvió cada vez más soviética… para su propia desgracia. Y como siempre, las de perder la tuvo el más débil. EEUU siguió viviendo como siempre y Cuba se hundió en un mundo soviético que nunca supo de la prosperidad.

Ayer parece que se creó una oportunidad para que Cuba pueda “gozar de la vida”. Pero la relación con EEUU no lo es todo, hay que completarlo con la vieja fórmula que hizo la prosperidad en muchos países; libertad personal y libertad económica. Y habrá que saber como manejar los males que la libertad también tiene.

Hace unos años viajé intensamente a Cuba por razones de mi trabajo. Viví y me sumergí en ella mucho más que un turista, por una razón muy simple: tuve que “hacer cosas” en Cuba y no solamente admirar sus playas. En aquella oportunidad escribí reflexiones y anécdotas de la Cuba que tuve que vivir. Se las adjunto porque me encantaría que me digan lo que puede estar equivocado de mis impresiones.

Ernesto Novillo / Hannover, Alemannia

CUBA… ATRÁS DE LAS PLAYAS

Llegar a La Habana por avión es una experiencia grata. Veo un aeropuerto pequeño pero cómodo, buen aire acondicionado, colores fuertes, arquitectura algo “modernosa” y algo atrevida… hasta que llego a donde me atienden los celosos custodios de inmigraciones. Y allí se rompe algo del encanto inicial debido a la mirada escrutadora y desconfiada del agente de migraciones, que finalmente me dice un cordial “Bienvenido a Cuba, señor”.

Después de pasar por una aduana muy poco molesta sigo derecho a la parada de taxis y a poco de asomarme me ofrecen un auto con toda educación. Allí noto algo extraño para un país caribeño: nadie me asedia ofreciéndome baratijas, ni “el mejor servicio de taxis”, ni ninguna extraordinaria artesanía o exóticos servicios. Luego supe que esto se debe al “pleno empleo” obtenido por el Gobierno. Bien… parece entonces que la historia se escribió de manera diferente allá en la URSS, y que quizá el aire caribeño es apto para la ideología marxista. Y me digo entonces que Marx se equivocó muy feo cuando pensó que Inglaterra era el país ideal para sus novedosas ideas. Jamás se le ocurrió Rusia y mucho menos Cuba. ¿Habrá pensado en la China y en Corea del Norte? Si Ud. leyó Das Kapital por favor cuénteme. Yo no estoy dispuesto a pasar por ese “martirologio” literario y socialista. ¡Vaya que error la de Marx! pienso; no se le ocurrió que Cuba era un lugar perfecto para sus ideas.

Y el taxi transita, conduciendo con prudencia, por una avenida mitad rural mitad ciudad y luego entra por calles que de a poco me muestran La Habana; arquitecturas coloniales, mezcladas con diseños modernos, un barrio realmente señorial y muchos otros de menor calidad. Todo el conjunto tiene algo en común: la ausencia de salvadoras manos de pintura, algunas estructuras con notable apariencia de precariedad y para completar ese cuadro dos cosas inusuales para quienes no vivimos en un paraíso caribeño: el mar y el cielo limpios y azules a más no poder. Bajo la mirada nuevamente a las calles y veo un parque automotor que me llena de nostalgia: modelos de los años cincuenta, mezclados simpáticamente con algunos de los lejanos cuarenta. Nadie puede dejar de mirar esto como una “obra de arte mecánico” o además sentir que ha sido presa de un viaje al pasado, mal que le pese a los físicos que dicen que eso no es posible.

Y llego al hotel. Bueno, allí vuelvo bruscamente al siglo XXI, donde el encanto no existe en la vida diaria; un cinco estrellas igual a cualquiera de los tantos que hay en el resto del mundo, donde todo es confort, modernismo y sonrisas. Allí me entero que esa cadena de hoteles añoraba mi llegada, ya que parece ser que “Ud. es muy importante para nosotros y su opinión también”. Lo que equivale a “siga viniendo y no olvide su tarjeta de crédito o billetera”. Pierdo entonces el mundo nostálgico que me había ofrecido el viaje en el taxi. Pero no me quejo demasiado. Un poco de aire acondicionado es siempre muy bienvenido en aquellas latitudes.

A través de la ventana de mi habitación y desde una altura arriba del piso veinte, el mar y las playas son un regalo fuera de lo común, que por el momento me hacen olvidar la pena de haber perdido la fantasía de mi reciente viaje a los años cincuenta. Siento que vuelo dentro de un espacio tridimensional en el que el aire está pintado de azul. Disfruto el momento que me regalan las playas de Cuba y… ¡caray! Noto algo raro. ¡El mar está vacío! Sólo tiene agua. Los cubanos lo han dejado solitario, cosa que al mar ni le va ni le viene. Pero me sorprende la ausencia del hombre: no hay botes, ni yates, ni chicos barrenando, ni ningún ser humano que disfrute de semejante regalo de la Naturaleza. Después supe la verdad…

Pasear por el malecón de La Habana, cerca de su centro antiguo, es otro regalo pero esta vez del hombre, o mejor dicho de los hombres que antaño vivieron y construyeron en Cuba una arquitectura me lleva a la belle epoque. ¡Que elegancia! Pero de noche, todo se ve mucho mejor, ya que cuando ella llega, entra la fantasía en nuestro día, echando un velo translúcido y benévolo sobre La Habana. Atrás de él los manchones de alguna pintura sobreviviente de décadas pasadas, los trozos de revoque caídos, las ventanas apuntaladas y otras cosas que aparecen en la vejez de los edificios poco atendidos, se simulan y se ocultan discretamente. La falta de cuidados ha hecho de la otrora hermosa y culta Habana una “ciudad vieja”, cuando bien podría ser una “ciudad antigua”, como lo es Florencia en Italia, o Ávila en España o Cartagena de Indias en Colombia, donde los siglos pasan dejando un aire de nobleza en las fachadas.

Pero no estoy en Cuba para hacer turismo sino para “hacer cosas” de mi profesión, de las que no vale la pena hablar. Sólo diré que mis actividades en Cuba son para colaborar con una refinería cuya “historia revolucionaria” la comento más adelante. Para ir a mi lugar de trabajo contorneo La Habana a lo largo del malecón, el que muestra el eterno mar azul, un fuerte como el San Felipe de Cartagena de Indias y un túnel que pasa bajo un brazo de mar y que luego supe lo construyó una empresa francesa, allá a comienzos de los cincuenta. No falta el puerto de pescadores y sus otrora coloridos barcos, hoy convertidos en hierros y herrumbre que todavía flota, pero malamente. Los peces del mar felices.

Saludo en mi viaje a un compatriota y tocayo mío cuyo retrato, hecho con hierro negro, vigila atento la plaza de la Revolución. Su barba y su gorra son inconfundibles. Le digo “¡Hola che…!” y sigo mirando la ciudad. No me pierdo los innumerables lemas pintados sobre las paredes. Son para copiarlos y escribir un libro sobre el entusiasmo humano. “Hasta la victoria siempre”, y me pregunto; ¿Victoria sobre quién? ¿Y porque “siempre”? ¡Pocas cosas son para siempre! Si no fuera así estaríamos viviendo en cavernas… Pero de pronto, allá en la Cuba de atrás de las playas, todavía viven… Vaya a saber…

“Tenemos y tendremos siempre socialismo“. Bueno, pienso… no leyeron los diarios, pero en un 9 de Noviembre de 1989 los socialistas, ansiosos de que “siempre” también tenga un final, voltearon un muro en una vieja ciudad alemana. Quizá convenga que los cubanos les consulten porque lo hicieron… Se me ocurre esto y creo que es un buen consejo.

Y leo un lema que me maravilla: “Esta batalla está ganada de antemano como muchas otras que ya hemos ganado”. Yo creía que cuando el ex sargento mayor del ejército cubano, devenido en ese entonces en presidente y dictador del país, huyó de Cuba en el día de Año Nuevo de 1959, se habían acabado la guerra y las batallas. Me prometo investigar esto a mi regreso porque el tema parece interesante. Un diario menciona que nuevos policías han egresado de la Escuela de Policías. Pero no son llamados Policías, ni Subtenientes, ni nada de eso: son Combatientes. ¿Contra quién? ¿Qué guerra? Afortunadamente no encontré ningún cartel relativo a “la madre de las batallas”, como allá en Bagdad. Se ve que es un concepto puramente iraquí.

Y así habrá lemas hasta que no queden paredes libres en esa Habana, tan bonita y llena de gente tan pobre. ¿Son realmente tan pobres? Bueno, piense como haría Ud. para vivir con 20 dólares mensuales y agregue que para poder comer, una familia necesita unos 50 dólares por mes. ¿Y la casa? No es ningún problema; el Estado es dueño de todas y las ha regalado a sus ocupantes, regalo que a los cubanos que viven en la Florida los tiene envenenados. Veneno que la buena vida que llevan allá lo controla eficazmente.

Otros cubanos en la isla no consiguen el ansiado regalo, porque finalmente el Estado es Estado y no se le puede pedir que produzca casas a la misma velocidad que hoy produce formularios para ser rellenados por cualquier cosa que Ud. quiera hacer en esa paradisíaca isla. ¿Cómo hacen entonces los cubanos para morar bajo techo? Pasee de noche por el centro antiguo y verá las puertas abiertas de viejas casonas llenas de gente compartiendo el techo, pero no sé si lo hacen con alegría. ¿Se acuerda de Dr. Zhivago cuando volvió del frente ruso-alemán de la Gran Guerra, que “bien” que la pasaba en Moscú? Un taxista me contaba que a pesar de trabajar duramente y llevar ya quince años de casado, sigue viviendo en la casa de sus suegros y que estudió Física pero con ese estudio no comía. ¡Picnic para un siquiatra social!

Y por fin llego a mi destino de trabajo: una refinería. Una media hora de trámites y verificación de mis documentos le demuestran a la Seguridad que soy inocente y me llevan a una sala de reuniones grande, con un equipo de aire acondicionado más viejo y más grande aún, que después de quince minutos me congela hasta los huesos. Pido que suban el termostato y asumo que no hay porque apagan el equipo. Cuando llegamos a temperatura de infierno, lo vuelven a encender. Y cuando regreso a Calgary toso y estornudo con entusiasmo por dos o tres semanas seguidas.

Profesionalmente me encuentro con un grupo de gente agradable y con buena formación profesional. Me sorprende el conocimiento que tienen de cómo funcionan las cosas en el mundo de los contratos y de la técnica. Viven en un país comunista pero no son “nenes de pecho”. De política nadie habla, salvo uno, cuya admiración por Fidel es tan grande que no cesa de repetir que “él concibió la Revolución, él la ganó y luego la desarrolló, lo que lo hace un caso único en el mundo”. Tiene razón… pero que al menos no lo olvide a Salazar, o a Franco. Y ni que hablar si nos damos un paseo por Medio Oriente o América Latina. Claro nadie podrá igualar los veintiocho siglos de estabilidad política de Egipto antes de la aparición de los romanos.

Y con seguridad que Fidel está orgulloso de lo que hizo. No es para menos; a los treinta años dejó la abogacía y con un grupo de 80 “compañeros” se consiguió un barco en las costas mexicanas y unas cuantas armas y cruzó el mar hacia su querida isla. El barco era el Granma y tenía unos veinte metros de eslora. Para los que hemos vivido el mar, sabemos lo que es trasladar 80 hombres en un barco con esa eslora; de fácil… ¡ni hablar majo!

Y así desembarcaron en el extremo sureste de la isla, allá por donde hoy está el “hotel” de Guantánamo. Y después de dos años batiéndose con el ejército de Batista y ya con 32 años de edad, Fidel entró victorioso a una Habana entusiasmada. Después todo es historia conocida, incluso la torpeza política del gobierno americano, que aún mantiene un embargo inexplicable. La URSS hizo su Agosto con toda felicidad, hasta que les descubrieron los misiles allá por 1962 y el joven Kennedy se puso duro como un bate de béisbol. Le ganó, en ese entonces, la partida al oso soviético.

La historia de la refinería en la que estoy, única que abastece gasolinas en La Habana, es elocuente. La Esso y la Shell eran sus dueñas y refinaban crudo de Venezuela y de otros países amigos de los rubios del norte, desde mucho tiempo antes que hubiera una revolución. Y siguieron refinando normalmente hasta después que los nuevos dueños de la isla se hicieron cargo del poder a sangre y fuego. Un buen día llegó un aviso a la dirección de la refinería: “a partir de ahora van a recibir petróleo soviético”. ¿Se imagina? Año 1960; Kennedy versus Kruschev. Plena guerra fría. La hoz y el martillo es un símbolo herético. La bandera americana también… todo depende del país en que uno se encuentre. Esso y Shell, riñones del mundo capitalista, se niegan en redondo a recibir crudo soviético: está contaminado ideológicamente y puede tener espías ocultos en los barriles. El gobierno revolucionario les da la orden de refinar ese crudo y los diarios la publican con letras de veinte centímetros de altura. Esso y Shell no la acatan. Al día siguiente aparece en la refinería el señor Ernesto Guevara, vestido de guerrillero y armado hasta los dientes con un grupo de incondicionales.

Y se acabó. La refinería junto con todo aquello que huela a hidrocarburo pasa a ser propiedad del Estado a partir del momento en que los guerrilleros armados saltan del camión y aseguran el perímetro bajo la mirada de su comandante: un argentino. Y el petróleo y sus refinerías siguen aún perteneciendo al Estado, el dueño de todo, incluso de la vida de sus habitantes. Fue una “gesta gloriosa” que hoy se la recuerda en un museo que está en la refinería. Me lo hacen recorrer mientras un cubano, de raza negra, me dice que es el custodio del museo, aunque en realidad estudió sicología. Me abruma con detalles y supero el trance mirando fotos y diarios de la época. No hay dudas; todos veneran al argentino que lleva mi mismo nombre y pistola al cinto, porque sienten que éste les devolvió el petróleo. Lástima que lo mataron los bolivianos. Y no puedo dejar de sacarme una foto en un gran cartel que lo recuerda, con un lema dicho por el mismísimo Fidel. Si le interesa verá la foto más abajo. Y pese a lo bien que me siento con el grupo de personas que me rodea, no me adhiero a su veneración porque no admito que alguien solucione problemas cortando la vida de otros. Y él lo hacía.

Los flujos culturales de Europa hacia América son pocos y fáciles de identificar. Algún holandés por el Caribe, pero claramente al norte los ingleses y al sur del Río Grande, España y Portugal. Pero éstos últimos compartieron una fuerte componente cultural local, que vivía en un arco que va desde México hacia el norte de Chile, poblado por aztecas, mayas, chibchas y súbditos del Inca.

Eran civilizaciones sofisticadas social y políticamente, pero… ¡ay! Su tecnología no era tan sofisticada como la europea y los conquistadores los doblegaron, les impusieron una religión y una organización social que dio dudosos resultados y destrozaron mucho de las cosas buenas que tenían. Y muchas de las malas también porque los nativos tampoco eran el dechado de virtudes que suelen pregonar algunos “idealistas”. Léalo en “El imperio socialista de los incas”, libro cuya lectura recomiendo enfáticamente. Claro que sin España vaya a saber cuánto más hubieran podido desarrollarse esas civilizaciones. Yo creo que muy poco y por eso siento que América Latina tiene también una deuda con España.

Y finalmente apareció en América el componente africano, un flujo de escaso contenido cultural, que en Cuba se mezcló con españoles, creo que en una proporción del 40% y eso son hoy los cubanos. Hay blancos puros, negros puros y algo de mezcla de ambos. Pero… todavía falta mencionar un flujo cultural adicional en Cuba: el que vino de la URSS después de 1959. Pero éste no fue un flujo humano que llegó para quedarse como los otros. Fue una ideología, una técnica para organizar el país, que como sabemos abarca hasta los más mínimos detalles de la vida de las personas.

CUBA DETRAS DE LAS PLAYAS

CUBA DETRAS DE LAS PLAYAS

Y eso es Cuba culturalmente: española, africana y soviética. Los españoles llegaron y muchos se quedaron y tuvieron descendientes. Los africanos fueron traídos encadenados, los obligaron a quedarse y también tuvieron descendientes. Los soviéticos llegaron, algunos tuvieron descendientes sólo para divertirse (¡Y cómo!) y se fueron. ¿Qué dejaron? Formularios para rellenar, la misma pobreza que ya había, pareciera que un algún sistema educativo y una alguna medicina social. Pero falta agregar que también dejaron las bases para que la sociedad no prospere jamás. Lo que demuestra que yo a veces me equivoco cuando digo que una buena educación lleva a la prosperidad. No siempre es así y Cuba lo dice a gritos. ¡Vaya dilema el que ahora tengo!

Una anécdota para pintar esa cultura soviética que dejó la URSS. Con mis colegas cubanos debatimos el proyecto que estamos ejecutando y como es usual entramos al llamado “análisis de riesgos”. Pregunté por los huracanes; son de consideración. Antes de fin de año tendrán unos quince, y cada uno paraliza la isla hasta cinco días. Pregunto por las lluvias, los proveedores, las huelgas… y me miran con asombro. ¡Aquí no hay huelgas! Bien. Y me acuerdo de aquella vez que Nikita visitaba una fábrica en Inglaterra y el director de la planta le preguntó como manejaban en la URSS las huelgas. Nikita lo miró y le dijo: “No las permitimos, ¿y Uds.?”. El director lo miró y con resignación británica le dijo: “No las podemos prohibir porque tenemos muchos comunistas en el Sindicato”. No importa si esto fue cierto o no. Es toda una explicación del mundo de entonces.

Pero volvamos a Cuba y a mi reunión con los ingenieros cubanos. Acepto la respuesta que me dan como un hecho y sin sorprenderme. El Soviet no tolera huelgas, lo cual no es nada nuevo para mí. Pero inmediatamente después sí que recibí una sorpresa, cuando uno de los ingenieros cubanos me mira y me dice: “Ernesto; ¿Cómo se te ocurre que aquí haya huelgas? Toda la refinería es nuestra, somos sus dueños. Sería hacernos huelga contra nosotros mismos. El personal obrero tiene clarísimo este concepto”. Me quedo de una pieza y pienso que la cultura soviética ha calado más profundamente que Ortega y Gasset, aquél grande del pensamiento español.

Una mañana me levanto en La Habana y leo el diario. Humm… Fidel entregó el poder a su hermano Raúl porque se va a operar de una hemorragia interna. Han pasado ya tres semanas y la salud de Fidel todavía parece ser un misterio. Pero no quiero especular sobre eso, ni tampoco sobre lo que pasará en la isla cuando Fidel muera, porque todos los gurúes de la política ya lo han publicado en miles de diarios. Sus opiniones nos han guiado hacia los infinitos puntos cardinales y yo prefiero, que mis ideas sobre este asunto, no contribuyan a la entropía creciente de la información.

Lo que quiero contar es que el país no perdió su rutina diaria, al menos en forma significativa. Pero nacieron actos de alabanzas a su líder y deseos de su pronta recuperación por todos lados. Algunos más audaces lo consideraron inmortal, otros le rezaron en ceremonias donde se mezclan las religiones africanas con el Cristianismo, ambas fuertemente sustentadas por un nada despreciable componente de superstición. Claro que muchos sintieron sincero dolor y preocupación y en tanto el Gobierno puso en marcha su máquina de lemas a través de la televisión, el Granma, y otras pocas publicaciones del mismo Estado.

Leo las noticias y no me sorprendo, hasta que caigo en la cuenta que la preocupación general es que Fidel se reponga, pero además que nadie le falle a su líder. ¿Y eso? ¿Es el pueblo el obligado con su líder? ¡Yo creía que debe ser al revés! Los argentinos que vivimos en los cincuenta recordamos siempre los años del Perón “bravo”. Pero la maquinaria propagandística no hablaba de las obligaciones del pueblo, salvo la de trabajar, ir a su casa, hacer deportes en la UES, etc. En cambio los lemas decían que “Perón cumple y Evita dignifica”. Perón era el “primer trabajador”. Perón estaba obligado a cumplir con su pueblo. Pero veo con sorpresa que en Cuba es a la inversa. Me gustaría saber que es menos peor, aunque me sospecho que lo sé.

Y si tuvo Ud. la paciencia de llegar hasta aquí, le ruego me disculpe de lo poco que hablé sobre la Cuba hermosa, esa que canta, atiende turistas en la playa con gente agradable y dulce, aunque en sus casas tienen prohibido tener Internet y ver películas norteamericanas. Vaya para ellos toda mi admiración por la fuerza de sus convicciones y algún sentimiento de tristeza. Pero pienso también que la felicidad se consigue de infinitas maneras.

Y seguiré yendo a Cuba y seguiré sin entender porque ese paraíso caribeño, de gente encantadora, es una reliquia soviética, esclerotizada en los años de la guerra fría y en las ideas de alguien que las escribió en la Europa de mediados del siglo XIX. No hay otro caso así en el mundo, salvo quizá la lejana y mucho menos glamorosa Corea del Norte.

Comprendo muy bien porque el canto de un cubano dice que “cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón”. Estoy seguro que también Martí cantaría esta canción.

Ernesto Novillo    /   Hanover, Alemania,    /   Agosto 2006

En mis sucesivos viajes a La Habana, llamaron mi atención algunos textos en la vía pública y en documentos, que son realmente sorprendentes. O quizá incomprensibles para quienes, como yo, no hemos sido educados en la Cuba castrista. Veamos lo que esos textos me inspiraron.

“Revolución es…

… lealtad, altruismo y solidaridad” ¡Bien!

Así reza uno de los tantos lemas expuestos en los carteles públicos de La Habana. Veamos cuan verdadero es éste que recientemente me llamó la atención. Empecemos por entender la primera palabra: revolución. Como sabemos es la acción para obtener la sustitución inmediata y sin contemplaciones, de un poder existente. Se trata de un proceso drástico de cambio, a veces impuesto por la fuerza, en el cual, para desánimo del que ideó el lema cubano, la lealtad no tiene cabida. Todo lo contrario. Es necesario generar una deslealtad generalizada hacia quienes están en el poder para conseguir el gran objetivo de una revolución: la sustitución del poder y de sus apoderados, por otro tipo de poder y… lógicamente, por otros apoderados, que casualmente son los mismos que lideran la revolución. De manera que el lema tiene una notoria falla: lealtad y revolución no son conceptos asociados, más bien son opuestos. Y con esto no abro juicio sobre la justa causa que son algunas revoluciones, que pueden ser actos de lealtad hacia una gran mayoría. Sin embargo, no estoy seguro que la revolución cubana sea este caso, por la pobreza y suspensión de libertades impuestas por el gobierno de Cuba a partir de 1959.

Y la segunda palabra del lema que encabeza este escrito; el altruismo, también me llena de dudas pese a ser un concepto de alto valor moral: ¿Está él conectado con la revolución? ¿Con esta revolución en particular? ¿Es altruista toda revolución? ¿Lo fue la francesa allá en 1789? Veamos; según sabemos, el altruismo es actuar por el bien de otros a expensas del bienestar de uno mismo. Y desembarcar en una lejana playa, abrirse paso por la selva, y aumentar fuerzas convenciendo a nuevos adeptos, no se hace por altruismo. Tiene un objetivo político claro: la sustitución de quien o quienes están en el poder.

Deponer el poder del rey de Inglaterra en América y sustituirlo por un presidente y un congreso es revolución, que aunque se haya hecho en 1776 no tuvo altruismo, o lo tuvo en escasa cantidad. Cuando esto ocurrió, lo que en realidad había era un sentimiento indiferente al altruismo, que era el de tener una nación independiente… y participar en ese nuevo poder era el sueño de más de un revolucionario. Era el ansia de libertad y de poder. El altruismo podía venir después, como grato componente de las acciones de los individuos, mientras construían una nueva sociedad, que debía dejar atrás la revolución. Quizá algún guerrero expuso o perdió su vida pensando solamente en los demás y no en sí mismo. Pero se adhirió a una causa que no estaba motivada por el altruismo, sino por otros intereses, mucho más importantes, como es la libertad. Posiblemente más de un revolucionario del África negra ni conozca la palabra.

Y llegamos a la solidaridad revolucionaria. ¿Solidario con quién o con qué? ¿Con los nuevos dirigentes? ¡Seguro! Ellos sí que están necesitados de adhesión, de obediencia, de ayuda… Y es por eso que de ellos escucharemos que “toda revolución necesita de la solidaridad ciudadana y por eso revolución es solidaridad”. Pero en realidad se trata de una hermosa palabra que los movimientos revolucionarios usan para reclamar adhesión y soporte material para su causa. Y si la adhesión es ciega mejor aún y si el soporte es una sustanciosa cantidad de dinero, mucho mejor aún. Y si no lo cree, consulte la vida de Goebbels y sus estrafalarias (y crueles) ideas.

La solidaridad no es la adhesión voluntaria o forzada a una revolución, sino que es una virtud social que no se origina en la compulsión ni en la seducción política, como hizo Hitler. Se origina en el convencimiento del cuerpo social, en toda su amplitud, del beneficio que a largo plazo se obtiene dando y recibiendo solidaridad. Las sociedades se enriquecen cuando la practican.

En las sociedades donde no se practica la solidaridad, nace el “solidario consigo mismo”, generalmente un ansioso de dinero que es común encontrar en los círculos políticos. Este “ansioso” carece de solidaridad, aunque sea, o haya sido, un fervoroso revolucionario. Lo importante para él es no permitir que los patrones morales que alguna vez, o quizá nunca, le inculcaron sus padres, le estorben la posibilidad de practicar esa vieja conocida de muchos gobiernos, que es la corrupción. Y el resultado es un hecho socio económico bien conocido: donde esto sucede el bienestar económico generalizado no existe. Las sociedades decaen sin remedio hacia la pobreza.

¡Los lemas en las paredes de la hermosa La Habana! Y el que comenté arriba no es el único en llamar la atención. Es curioso ver como todos ellos hacen referencia a una acción bélica supuestamente existente en este momento. Su lectura, aunque vacía de contenido la más de las veces, ayuda a entender como un viejo régimen, un verdadero ejemplo de política conservadora o mejor digamos “conservacionista” para no confundir las ideas, se mantiene cómodamente hace medio siglo, pensando en cómo superar la esclerosis de sus arterias políticas. ¡No es poca cosa! La Unión Soviética duró 70 años. ¿Cuánto durará éste? Y… yo diría que durará tanto como sea la vida de su nervio motor.

Veamos como los textos públicos anuncian también una “acción bélica”, a todas luces inexistente. Ahí va el primer lema como ejemplo de esta idea: ¡Nadie se rendirá! Ante la gloria inmortal de Maceo… ¡Lo juramos! … ¿Qué? ¿Hay una guerra? ¿Es Cuba la Troya después de Cristo? Miro a mi alrededor y el Caribe no me responde sino que me muestra su sonrisa azul clara y el sol me dice…no me preguntes, yo estoy muy lejos. Tampoco veo a un Príamo dentro de La Habana preocupado por su pueblo, ni a un Agamenón afuera de Cuba listo para matar a cuanto cubano se asome más allá de sus playas. Y mucho menos a Aquiles reclamando la sangre de un Héctor cubano. Nada de eso. Sólo el hermoso Caribe azul.

Y sigo sin entender la incitación a no rendirse, porque no veo el combate ni el enemigo a quien rendirse. Más aún, sé que a Cuba cualquiera entra y sale fácilmente, salvo sus ciudadanos, a los que se les pide mucho dinero y muchos motivos para permitirles salir de la isla. Aunque dinero hay poco y motivos muchos, estos últimos no parecen ser claramente entendidos por aquellos deciden quien merece salir. De nuevo la esclerosis. ¿No hay algo malo en esto? Bueno… si lo hay. Y lo malo está en dos lugares de esta pieza teatral: en una revolución avejentada notoriamente y en un vecino poderoso que peor no pudo haber manejado las cosas. Me equivoco; en Vietnam lo hicieron peor. Créame, y si no, vea las películas de Hollywood, esa artística mea culpa americana, contando como fue aquello.

Después de la sorpresa que me produjo saber que nadie debía rendirse, y todavía no sé a quién, aparece el juramento ante Maceo, aquél bravo dominicano que murió combatiendo por la libertad cubana y que seguramente se pregunta lo mismo que yo. Como viejo general debe todavía estar buscando las líneas de trincheras enemigas, las defensas, las armas, etc. Nada de eso. En su lugar hay turistas, “paladares” para disfrutar comida cubana, hoteles cinco estrellas, canadienses extrayendo minerales y petróleo y artesanos que no tienen igual en el mundo. ¡Vaya! ¿Y el combate? Y para confundirme más, veo que con frecuencia, las dificultades de la obra que hago en Cuba genera un comentario afín con la idea bélica: “… es que estamos en combate…”

Y siguen mis sorpresas. Organizamos cursos de entrenamiento en temas técnicos sofisticados y veo que los certificados que se extienden a los participantes dice que “José Carlos López Leiva ha vencido el curso de…”. ¿Cómo? ¿No era que los cursos se aprueban, o se pasan o para los menos esforzados se deben repetir? ¿Qué es eso de “vencer un curso”? Y para distraerme de este confuso estado miro las noticias. Una escuela de policía anuncia que celebró la terminación (¿o debo decir la “victoria”?) de los estudios de una nueva promoción y que… los combatientes se incorporarán a la vida… Necesito llegar al hotel y aclarar ideas porque no entiendo eso de que los jóvenes agentes de policía no sean para “proteger y servir” (suena conocido y vulgar pero igual sirve), sino para “combatir”… y de nuevo: ¿con quién? Me gustaría saber que piensa la sociedad cubana de todo esto. Lo sé, más de uno me lo ha dicho al oído.

La Habana, 26 de Mayo de 2007

 

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