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Nunca se trató de fortalecer la democracia, y nunca fueron 30.000 los desaparecidos. Ni siquiera 10.000. En el negocio de los derechos humanos el objetivo es servirse de la democracia para saquear las arcas del Estado. Odian a ese Estado que no rindieron por las armas.

En la Argentina, la prédica legalista en el discurso de los activistas de derechos humanos siempre fue una farsa, pura cháchara, espuma encubriendo malamente la reivindicación de las organizaciones terroristas que intentaron asaltar el poder en los años de plomo. Había que ser un verdadero idiota latinoamericano para dejarse engañar por las madres de los guerrilleros, cuando decían que sólo querían saber dónde estaban los cadáveres de sus hijos; o creer que podía haber sinceridad democrática en cualquiera de los que se desgañitaban denunciando los horrores de la represión implementada por el Proceso de Reorganización Nacional, cuando al mismo tiempo callaban la participación cubana y omitían repudiar a la dictadura castrista. Todo el que habla de derechos humanos pero acepta que los cubanos son una especie de subhumanos, sin derecho a gobernar su vida y condenados a la voluntad del amado líder, no es otra cosa que un miserable comunista. Comunista y argentino, por si hiciera falta aclararlo, son conceptos que se excluyen recíprocamente.
La derrota que por las armas se les impuso a Montoneros, ERP y otras organizaciones menores durante la guerra fratricida fue y sigue siendo absolutamente irremontable. Algunos, equivocadamente, creen que los militares ganaron la guerra en el campo de batalla pero la perdieron políticamente. Pues no. De haber ganado los guerrilleros, el país se hubiera convertido en una dictadura eterna como la que todavía hoy sigue oprimiendo al pueblo cubano. Porque esa era la razón por la que desde La Habana, Manuel Piñeiro, alias “El Comandante Barbarroja” dirigía el llamado “Departamento América” de la inteligencia cubana. En el marco de la Guerra Fría y como satélite de la URSS, los castristas pretendían exportar la “revolución” a toda Latinoamerica, y muy en particular a la República Argentina. Así proveían instrucción, logística y medios tanto a los rojos de siempre como a los estúpidos imberbes que Perón echó de la Plaza de Mayo. Los Montoneros, que originalmente no provenían del comunismo, se volvieron serviles y a tal punto entregados a la tiranía de Fidel Castro que terminaron instalando su comandancia militar en un buen barrio de La Habana, en un inmueble destinado al efecto por el gobierno cubano. Un claro caso de traición a la Patria.
Está claro que, aún con todos sus defectos, nuestra endeble democracia todavía dista mucho de ser la opresión totalitaria que padecen los cubanos. Nos salvamos de esa, y si no somos del todo idiotas será para siempre. Por ello, y aunque pueda cuestionar los métodos empleados, celebro la victoria de las fuerzas argentinas sobre los esbirros de la dictadura castrista. Que torturar es malo no se discute, tampoco debería discutirse que es igual de malo, o peor, poner bombas debajo de las camas. Videla y compañía fueron chicos malos, sí, pero podemos tener la seguridad que Firmenich y Santucho con todos sus secuaces eran infinitamente peores. Sin duda. Por suerte perdieron la guerra y la oportunidad de demostrarlo. Quizás por eso muchos de nosotros estamos vivos.
Soy liberal y quiero al Estado. Por supuesto lo quiero con la esencia liberal que forma parte fundacional del alma de la Nación Argentina, es decir un Estado practicante del orden de la Libertad, respetuoso de la autonomía del individuo, garante de la paz en todos sus aspectos y austero por la estricta definición de sus incumbencias. Un liberal sabe mejor que nadie que el Estado somos todos, por eso hay que cuidarlo y proteger sus arcas.
Aquellos traidores a la Patria que antaño, en la década del 70′, intentaron arriar la Generala Albiceleste para reemplazarla por un sucio trapo rojo, resentidos por su fracaso al pretender asaltar el poder por la vía de las armas, buscan hoy hacerle daño a toda la Argentina asaltando las arcas del Estado. Obran con la hipocresía de siempre, y mientras vociferan que el Estado debe ser todopoderoso, como si desconocieran que el origen de sus recursos es el pueblo, se apropian de sus dineros sin ponerse colorados (son rojitos de antes, claro) convenciendo a los incautos que el Estado es una entelequia, una fuente inagotable de recursos económicos, generador por sí de la riqueza, o sea: el dueño de la maquinita de hacer billetes. Así, con desesperación de avidez enfermiza, igual que Néstor Kirchner cuando se abalanzaba lubricado de codicia sobre el “éxtasis” de las cajas fuertes, se muestran hoy las ratas de ayer. Son los que le vendieron a este gobierno corrupto la franquicia de los derechos humanos, y en el constante robo al patrimonio de los argentinos se cobran clavando sus dientes en cuanto hueso del Estado les queda al alcance.
Ya le habían puesto precio a sus muertos, y cobrado exageradas indemnizaciones en las que se pagó por buenos a los que fueron malos. Pero no conformes con ello se han inventado ahora pensiones graciables para los que estuvieron detenidos por razones políticas o sindicales durante el Proceso. Sería muy gracioso que cada militar que haya padecido días de arresto entre el 24 de Marzo de 1976 y el 10 de Diciembre de 1983 se presentara como víctima de la dictadura para cobrar su pensión. No importa si fue un día o cien, basta que haya sido castigado por indisciplina y nadie podrá negar que fue por razones políticas, o acaso sindicales, porque bajo el terrible gobierno militar la represión también golpeaba puertas adentro y siendo un gobierno de facto, tan ilegal como ilegítimo, toda sanción disciplinaria fue una detención ilegal y cada indisciplina un acto de resistencia a la opresión.
En rigor de verdad, las pensiones que cobraran los detenidos-desaparecidos, es decir los guerrilleros o sus simpatizantes, debería pagárselas la dictadura castrista, que es el Estado al que sirvieron con ansias revolucionarias estos parásitos de la corrupción kirchnerista. Pero no, marcando un nuevo hito en la historia del perfecto idiota latinoamericano los mercachifles de los derechos humanos obtuvieron del Estado Argentino, su enemigo, seguir cobrando dinero por haber sido guerrilleros fracasados; lo que el relato del kirchnerismo llama “jóvenes idealistas”. Una verdadera idiotez, porque todos sabemos que ese supuesto idealismo no tenía nada de patriótico ni democrático, y hoy, cuando prostituyen a sus muertos, negocian el dolor y mienten sin temor al ridículo, es un hecho que hasta el más despreciable de los represores presos cultiva o conserva algo que ellos han perdido por completo: honor y dignidad. Tras diez años de kirchnerismo siento que es mejor un Alfredo Astiz que 30.000 bonafinis; ¿qué duda cabe?
El patriotismo, en su más elevada expresión, es el sometimiento a la ley en los duros términos de Sócrates, legado a nosotros por Platón en el diálogo “Critón”. Así, la Patria es más digna de respeto que la madre, el padre, y los antepasados todos, y más venerable, sagrada y considerada tanto entre los dioses como entre los hombres sensatos, por lo que hay que adorarla, persuadirla o hacer lo que mande, y sufrir de buen talante lo que ordene sufrir, tanto si se trata de recibir golpes o de aguantar cadenas como si nos conduce a la guerra a correr el riesgo de ser heridos o muertos.
El patriota es pues, necesariamente, un individuo con conciencia de pertenecer a un contexto social, y que refleja su dignidad en la de los demás. Puede decirse hoy, a la luz de la experiencia, que ningún sistema político ha demostrado acercarse más a ese ideal que la democracia republicana y liberal, por lo tanto, en este punto de la evolución política del continente americano, no hay manera de desvincular la idea de Patria del ejercicio pleno de la democracia.
El tiempo demostró que los vencedores de la subversión armada, los tan despreciados “represores”, han sido consecuentes con aquellos principios socráticos. La Patria les impone aguantar cadenas, y las aguantan cantando “sean eternos los laureles que supimos conseguir”.
La paradoja triste de la idiotez latinoamericana es que mientras la dictadura castrista sigue tiranizando al pueblo cubano, el pueblo argentino destina cárceles para quienes evitaron aquel horror. Idiotismo de una sociedad ingrata que, indiferente a su propia suerte, deja privados de su libertad incluso a soldados que, luego de aquella guerra, combatieron también contra el invasor inglés.
Ya verá la historia que al caer el péndulo no será con dinero como han de compensarse las aberraciones del presente. El kirchnerismo y sus cómplices no lo entienden, pero no todo tiene precio.
¡Honor a los combatientes y Gloria a los caídos!
Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
Estado Libre Asociado de Vicente López.
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